En un lugar de la provincia de
Sevilla de cuyo nombre he oído hablar alguna vez vive una agria e
indomable viuda llamada Otilia. Es conocida no solo por su hostilidad,
sino también por su enfermiza obsesión por la limpieza. Ninguna mancha
es un obstáculo para ella, ninguna mota de polvo se le escapa en el
vuelo, ningún color palidece al caer en sus manos, ningún olor a frito
impide la fresca fragancia que recorre su casa traspasando la frontera
del umbral de su morada deslizándose sibilinamente por debajo de la
puerta de cualquier vecindona corroída por la envidia. Su felicidad,
desde que su Paco murió al poco tiempo de casada tras ser derribado por
un rayo inesperado mientras cogía aceitunas y con una niña recién
nacida, se ha convertido en un anuncio de productos milagrosos que hacen
relucir su casa.
Una de esas vecinas que sufría en silencio el
esplendor y la fama de Otilia se llamaba Anastasia. A pesar de la
diferencia social Otilia nunca se amedrantó ante la variedad de colo-
res de los billetes de ésta, ni siquiera la casona de los delirios como
así la apodó le hizo tambalear; los cimientos de su reputación la
mantienen altiva y firme como si en realidad la ricachona fuera ella
misma.
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