En un lluvioso diciembre de 1969
en una inhóspita habitación de hospital vendría al mundo un niño
regordete y blanco como la nieve que cubría la ciudad al que bautizarían
con el nombre de Agustín en recuerdo a su abuelo paterno.
Su
primer abrir y cerrar de ojos a la vida ocasionó en su entorno familiar
la estampida de sus progenitores. Desahuciado por su madre en el regazo
de su abuela al no afrontar su responsabilidad maternal con su vida
profesional. Hipnotizado por el brillo de su placa de policía su padre
cambió de rumbo abandonándolo sin que nunca más se supiera de él… Hasta
el día que Agustín decidió salir en busca de su madre alentado por su
yaya a la que la vida comenzaba a restarle minutos. El curioso
encuentro tuvo lugar en una calle del casco antiguo frecuentada por
mujeres ataviadas con escasa ropa, maquillaje surrealista, tacones de
vértigo y escoltadas por un deteriorado y famélico hombre al que
llamaban “el poli”.
Descubrir en la adolescencia las miserias
de una familia desconocida agravaría aún más las rarezas y recelos
de un joven con una frágil personalidad. Transitaría desde ese mismo
momento por un calvario de entradas y salidas acompañado de seres con
batas blancas y dueño de un arsenal de drogas legales que no lo
harían regresar de ese extraño caos de edificios con olor a lejía.
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