Taciturna e introvertida son los
adjetivos que mejor describen a Ingrid. Una joven de veintisiete años
huérfana de padre y madre tras perder ambos la vida en un accidente
automovilístico camino de Santiago cuando ella contaba tan solo trece
años de edad. Ese fatídico día jamás podrá borrarlo de su memoria: 13
de mayo. Su cumpleaños. Aquel día Ingrid perdería para siempre su lugar
en el mundo. La que pudo convertirse en reina del baile acabó por
alojarse en su cajita de música con la intención de no abrirla.
Pasaron los años y la aspirante a reina seguía sentada en su silla
esperando dar sus primeros pasos. Nadie se ha percatado jamás de su
presencia (ardua tarea el ser encontrado alguien que no quiere ser
visto). Hasta que lo encontró a él. Sus familias se conocían, varios
acontecimientos los había unido, incluido el fallecimiento de Graciela y
Daniel, los padres de Ingrid.
Él siete años mayor, con un
carácter capaz de provocar rechazo en los demás, la había cautivado. Su
sabiduría alejada de lo terrenal le ha hecho recorrer un camino
inexistente hasta ahora. Sus visionarias palabras la envuelven
trasladándola a un arco iris apartado de la paleta de grises y negro
en lo que se ha teñido su vida. La joven bióloga tendera de una
pajarería guarda en aquella caja el amor por Evaristo.
Mientras tanto “El amor de mi vida” de Camilo sexto ameniza sus tardes en la trastienda de sus ensueños.
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